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La fortaleza detrás del uniforme blanco

12 septiembre, 2017
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Fusil en mano y mirada acusadora, tanto paramilitares como guerrilleros hacían presencia en el municipio de Granada en el 2000, año en que la guerra se hizo aún más cruda en este pequeño pueblo del Oriente antioqueño. Todos los días había alguien a quien llorar, el miedo era el estado natural y las armas, una representación del poder.

Con su uniforme blanco, una moña bien sujeta y su amor por las agujas, una mujer cumplía con su deber como misión médica recorriendo las veredas de Granada. Al cuello llevaba su carné de identificación: Claudia Carvajal Rodríguez. Ser auxiliar de enfermería en un pueblo, que además no es el suyo, en medio del conflicto no sólo significaba más heridos y muertos, también implicaba amenazas, secuestros y violaciones.

°°°

El día 3 de noviembre del año 2000, a eso de las tres de la tarde estaba entrando a Granada, venía de trabajar de una vereda que se llama Galilea. En la bomba de gasolina había bulticos tapados con plástico negro. Yo ahí mismo pensé: “muertos”. Más adelante me dijeron que habían entrado los paramilitares, más específicamente el Bloque Metro de las Autodefensas, y habían matado a todo el que se encontraba en la calle. Seguí mi camino con una mezcla de tristeza y miedo.

Al momento de llegar a la casa me llamaron del hospital para que ayudara a hacer las necropsias. Cuando llegué los muertos estaban amontonados uno encima del otro donde guardaban la ambulancia, en un garaje. Eran 17 personas. La sangre corría calle abajo.

El 3 de noviembre de 2000, integrantes del Bloque Metro ingresaron al casco urbano del municipio de Granada, Antioquia, y asesinaron a 17 personas. Otras cuatro quedaron gravemente heridas. Foto: Revista Semana.

Los empleados del hospital, que tuvimos que atender esa situación, quedamos muy mal psicológicamente, entonces un día nos programaron una reunión con una psicóloga. Eso fue un miércoles, el 6 de diciembre. Yo había dejado a Manuela, mi hija, con el papá y la persona que la cuidaba en el puesto de salud en Galilea. A las ocho de la mañana nos fuimos para esa capacitación: una psicóloga diciéndonos que teníamos que tener el ánimo arriba, que eso se superaba, mejor dicho, que nos olvidáramos del incidente. Nosotros nos reíamos de la señora y nos mirábamos unos a otros.

A las 11 de la mañana empezó un tiroteo y todos comenzamos a correr, éramos por lo menos 30. En urgencias, había un niño hospitalizado como de ocho meses y una señora. Todos estábamos aterrados. Las ventanas y las lámparas habían explotado por las pipetas que estaban tirando.

El teléfono empezó a sonar, eso era suene y suene. En otras partes ahí mismo se dieron cuenta de que la guerrilla se había tomado el pueblo. Había un médico que contestaba “estamos bien”, “estamos bien”, y colgaba.

Todo el día transcurrió así, esa gente tiraba pipetas, bala, petardos, de todo. La guerrilla se había metido al hospital, nos habían obligado a desocuparle el espacio y meternos en la sala de partos que eran dos salitas medianas. Eso queda debajo del garaje, era como el sitio más seguro, más escondidito.

Recuerdo que por ahí a las diez de la noche entró una negra con una moña alta, nosotros creemos que era Karina, pero no sabemos con exactitud. Como los teléfonos sonaban mucho le dijo al gerente que tenía que desconectarlos, entonces él le respondió:

-No, yo no puedo. Nosotros somos el hospital.

-O los desconecta o lo mato.

A él le tocó obedecer. La psicóloga nos obligaba a rezar y yo no quería porque era como si me estuvieran velando, yo me sentía muerta. Esa señora rezaba y cantaba el padrenuestro a los gritos y yo estaba que me moría de la ira. Yo le decía a Dios: “Acabe con esto así me muera”. Sentía que el techo se nos iba a caer encima.

Era muy doloroso sentir que caían todas casas alrededor y uno no alcanzaba a dimensionar lo que pasaba afuera. Estaba muerta de miedo y sin saber nada. Como a las tres de la mañana yo no podía más del hambre. Nos repartieron lo poquito que había en una ancheta, con un médico me tocó un mango y él tenía brackets, entonces él me decía “Clau, yo no puedo mordé, pero tengo mucha hambre”, era costeño. Y yo le decía “Ah, doctor, si quiere yo muerdo y le paso” y así hacía: yo mordía, me lo sacaba y le daba ¡y se lo comía!

Así pasamos la noche. Los guerrilleros nos decían: “vamos a poner una carga de tanto, no se asusten”. Escuchábamos que comían, charlaban y se reían afuera, y yo estaba muerta de la ira. Nos dijeron que en el perímetro había como 500 guerrilleros, pero en todo el pueblo había más. Fue una incursión de los frentes 9, 34 y 47 de las Farc.

Como a las siete de la mañana no volvimos a escuchar nada y salimos a mirar: sólo estaba la policía. El gerente nos mandó a organizar todo porque ya llegaban con los heridos, nos tocó ponernos a recoger vidrios, levantar las camas, preparar equipos. Al momento empezaron a llegar: había un niño que tenía una esquirla en el cráneo, un viejito y una muchacha que tenía la cara muy hinchada por lo mismo. Yo no sé cuánta gente llegaba, pero eran muchos. Nos llevaron un policía que le había caído una pared encima, a ese me tocó atenderlo a mí con Lilith. Ese pelao estaba muy mal, estaba todo orinado y mojado, con la cara llena de aruñones. Lo había llevado la esposa de un policía y un niñito de cinco años, que iban en ropa interior.

El 6 de diciembre del año 2000 el frentes 9, 34 y 47 de las Farc se tomó el municipio de Granada, al oriente antioqueño. La toma guerrillera, que duró 18 horas, dejó un saldo de 23 civiles y 5 policías muertos. Fotografía Jesús Abad Colorado

Esa señora nos decía que el esposo no aparecía, entonces los médicos se miraron y yo sólo me acuerdo que el costeñito al que yo le di el mango se la llevó para una habitación y después de un momento la señora salió gritando:

-¡NO, NO! ¡¿POR QUÉ!? ¡Si yo hubiera sabido me dejo matar! ¡A eso me hizo venir, a despedirse de mí! ¡No! Mi hijo está cumpliendo cinco años hoy.

El esposo de ella era quien había encontrado en la variante el carro bomba con 400 kilos de dinamita, hizo un disparo al aire y eso estalló. La señora lloraba tan horrible y a mí me pudo la nostalgia. De toda la rabia, el miedo, la impotencia y la tristeza me senté a llorar como una loca. (Se le encharcan los ojos).

Después de todo eso me tuvieron que mandar para el internista porque me quedó un dolor en la espalda horrible, eso se llama estrés postraumático. Yo me había guardado todo ese dolor, toda esa rabia, todo. Sentía que me querían matar. Yo tuve que ver todo eso y quedarme callada, seguir luchando, trabajando, pero me llené de mucha fortaleza porque nos mandaban para las veredas y nos tocaban cosas muy difíciles. A mí me cogió la guerrilla, los paramilitares, el ejército varias veces. Pero no me dejaba.

Un día que estaba en el puesto de salud en Galilea, entró un soldado y me arrinconó contra la mesa, se me lanzó encima a manosearme. Yo le pegué una patada, y él cogió el fusil para darme en la cara, y yo le puse la mejilla y le dije:

-¡Pégueme, pégueme hijueputa, pa’ que conozca paisa puta y arrecha! Pégueme que aquí nos acabamos. Pégueme para que vea que soy capaz de matarlo con mis propias manos. Su uniforme es verde, pero el mío es blanco. A mí me llega a tocar un pelo y va a ver cómo lo acabo.

-Boba, hijueputa. ¡Picada!

-Picada sí, y cochinadas no me como. Esto es mío, menos mal.

Y se fue. Al ver que ya se estaban metiendo mucho conmigo: se me robaban el almuerzo, se metían a mi baño a bañarse, con lo que sucedió con ese soldado me fui para el hospital a decirles lo que estaba pasando. No me hicieron caso. Entonces me fui para la Alcaldía y les dije:

-Yo no vuelvo por allá hasta que no se lleve esos soldados.

Y los hizo ir, pero por el alcalde, porque por el hospital me hubieran dejado allá.

En el 2003, Caliche, el comandante de las Farc, un día empezó a manosearme cuando estaba en el puesto de salud de Santa Ana y yo le pegué en la cara. Me acuerdo que él apenas se sobaba ese revólver y le dije:

-Máteme ya, que estoy calientica, mijo. Pero a mí no me toca, a mí me respeta, que yo sí estudié un poquito y tampoco le tengo tanto miedo.

Mentiras que sí, yo estaba muerta de miedo, todo me temblaba. Él se fue y yo me quedé llorando.

Pasó ese día, pasó el otro y nada. A los ocho días tenía que volver, le dije a los del hospital y me volvieron a mandar, entonces yo me despedí de mi mamá, y ella se puso a llorar:

-¡No! Usted qué se va a ir para allá. Vengase para el pueblo así sea a tomar aguapanela con nosotros. ¡La van a matar!

Llegué allá con mucho miedo, cuando ese tipo llegó y me encerró en el consultorio:

-Tengo mucha rabia con usted

-Yo también con usted, ¿y?

-¿Usted por qué me pegó en la cara?

-¿Y usted por qué me manosea? ¿Qué le da derecho a usted que me toque? Yo en ningún momento le he dicho a usted: manoséeme ¡A mí me respeta! Este cuerpito se quiere muchísimo, este cuerpito ya tiene dueño, es el del papá de mis hijas.

A ese tipo le dio una soberbia horrible, se puso rojo.

-¡Yo te iba a matar!

-¿Por qué no lo hizo? ¡Hágale! Hágale pa’ que no les vuelvan a mandar a nadie, aquí no vuelve médico, no vuelve enfermera. Usted sabe que nosotros somos misión médica. Hágale: ¡Tóqueme! ¡Máteme!

-¡Jueputa! Por eso es que me gusta, por brava.

Cuando él me dijo eso fue como si me hubieran tirado un baldado de agua encima.

-Usted es muy hermosa, mi amor. ¡Es muy brava! ¡Esta es la mujer que yo necesito! ¿Cuánto quiere?

Se metió la mano al bolsillo y sacó un cerro de plata.

-No, mijo, mi cuerpo no tiene precio. Es que si yo tuviera precio estaba en un burdel.

-¿Quiere estas cadenas?

-No

-¡Claro! A usted no le gusta sino ese hijueputa padre, esos médicos.

¡Tenía una rabia! El padre era el que me dejaba dormir en la Casa Cural porque sabía que Caliche era capaz de violarme.

-Lo siento, usted a mí no me gusta. Qué pena, no es de mi agrado.

-Claro, porque soy un guerrillero, ¿cierto?

– Puede ser

Y se fue.

Es que usted no alcanza a dimensionar la magnitud de lo que uno siente con todas esas cosas. Usted no sabe si es adrenalina, miedo, tiene ganas de hacerse de todo en la ropa, pero tiene que sacar valor de donde no lo hay porque es su vida.

Yo con todo lo que viví ya no le tengo miedo a nadie. Con eso aprendí que uno sólo vive una vez y que si estamos aquí es por Dios, porque el día que yo salí de ese hospital y vi todo este pueblo caído, me arrodillé y dije: “¡Volví a nacer!”.

Edy Yazmín Giraldo Aristizábal.